EXCELENTE CRÓNICA DE SERGIO CABALLERO SOBRE LA VISITA DEL GM JULIO GRANDA A MÁLAGA

El pasado viernes 3 de marzo vivimos una tarde mágica en La Térmica gracias a Ajedrez Social de Andalucía. Aunque la repentina e inoportuna tromba de agua que cayó una hora antes del evento no auguraba una gran asistencia, finalmente más de cincuenta personas se acercaron al ciclo Un día con un Gran Maestro: Julio Granda. Julio uno; lluvia y Semana Blanca, cero (1-0).

Julio Granda acababa de regresar de un viaje a su Perú natal, donde había jugado varios matches con motivo de las celebraciones de su 50 aniversario. Llegó con perfecta puntualidad y elegantemente vestido con un traje gris. El ciclo comenzó con una charla titulada Un Milagro en el tablero: la increíble historia de Julio Granda, que tuve el honor de moderar.

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Nos cuentan los asistentes que la charla, gracias sobre todo a Julio, fue muy interesante, amena y divertida.  Julio, como decimos, acaba de cumplir 50 años, pero está en plena forma y goza del arte de saber contar. A algunas conocidas anécdotas de su vida, Granda sumó algunas más íntimas y desconocidas, y nos remontó incluso al Inca y a Cortés, nos condujo a su fascinación por Fischer y descubrimos su verdadera pasión: el fútbol.

Foto: ChessBase

Foto: ChessBase

Tras la charla llegó el plato fuerte del día: una exhibición de simultáneas a ciegas frente a 5 jugadores de alguna manera representativos del amplio espectro de personas que juegan al ajedrez. El jugador a la ciega debía controlar la velocidad y trayectoria de 160 piezas en un universo de 320 casillas. Tras las indicaciones a jugadores y espectadores del árbitro, Germán Maldonado Valdivia, Julio dirigió unas palabras a los asistentes, con las que recordaba que solamente había realizado una exhibición similar, hacía 30 años, en Italia. La expectación era máxima; el voluminoso silencio, opresivo. Julio se sentó de espaldas a los tableros, se colocó el antifaz que la organización le había preparado, y comenzó: “Tablero uno, be tres; tablero dos, ce cuatro; tablero tres, de cuatro; tablero cuatro, e cuatro; tablero cinco, caballo efe tres”. Cada frase suya era repetida por el árbitro, eco y confirmación, y recogida rápidamente por Alejandro Sánchez, el imprescindible colaborador informático, para su retransmisión en directo por Chess24.

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La emoción de esa liturgia impregnaba toda la sala y solo el plañido de la puerta de la sala rompía el silencio ocasionalmente. Ni los más pequeños usaban los cuatro tableros colocados en una esquina para entretener la espera o analizar. Todos los ojos y oídos estaban pendientes del guerrero del antifaz. El árbitro iba transmitiendo a Julio las réplicas de cada jugador. En el primer tablero, Gastón Martín Carmona; en el segundo, José Martínez Garret; en el tercero, Manuel Moreno Alberti; en el cuarto, Inmaculada Rodríguez Fenoy; en el quinto, Lorenzo Perea Fruet. El ciclo se repitió varias veces y Julio, cual Sísifo, volvía a empujar la roca; pero en la quinta jugada, en el tercer tablero, comenzó a demorarse. Y la demora comenzaba a parecer excesiva. Aunque, desde días antes del evento, le había pedido a Julio que ante cualquier problema, inconveniente o molestia, no dudara en comunicármelo, él no hacía gesto alguno, pero tampoco pronunciaba su jugada. Intercambié con Germán miradas de creciente preocupación, no por la simultánea en sí sino porque el malestar de Julio era palpable, notorio, orgánico. Esos minutos – ¿fueron minutos? ¿días? ¿años? – fueron más intensos y más reales que cualquier clímax de las mejores series de Netflix; tuvimos la ocasión de presenciar uno de esos momentos tan del agrado de Borges que definen a un hombre. Créanme que no fue agradable ver a este Superman real y tangible sufrir un episodio de alergia a la kriptonita, pero permitió descubrir la esencia más humana y vulnerable, en el mejor sentido de la acepción, de Julio Granda. Finalmente me acerqué a Julio y suavemente le toqué el brazo izquierdo para preguntarle si iba todo bien. Granda, que se había tomado el evento muy en serio, muy profesionalmente, al punto de rechazar algunas de las ventajas competitivas que la organización le había ofrecido (para así competir en igualdad de condiciones con sus rivales) me dijo que no, pero que no conseguía ver los tableros y sólo seguía controlando el primer tablero. En su respuesta abundaba el puro dolor y por eso supuso un alivio cuando Julio preguntó si se podría comenzar la simultánea de nuevo. Faltaría más, le dije, y expliqué la situación rápidamente a los asistentes, quienes respondieron con un cariñoso aplauso.

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Granda, el guerrero del antifaz

Julio pidió disculpas que salían del corazón antes de volver a colocarse el antifaz, tras una breve pausa para refrescarse. Esta vez, Julio comenzó: “Tablero uno, de cuatro; tablero dos, de cuatro; tablero tres, de cuatro; tablero cuatro, de cuatro; tablero cinco, de cuatro”. El cambio de estrategia era patente. Pero unas jugadas después, Granda movía en el segundo tablero un caballo que, aparentemente, al contrario que el dinosaurio de Monterroso, ya no estaba allí. Ante el anuncio de Germán de la fuga del caballo cimarrón, Julio anunció que estaba teniendo problemas ya que de nuevo solo veía el primer tablero. La decisión fue inmediata: cambio de planes y paso a una simultánea convencional. No somos partidarios del sufrimiento humano. Julio tuvo la deferencia de permitir que añadiéramos más tableros; desafortunadamente, no habíamos previsto esta eventualidad, así que solo pudimos añadir los cuatro tableros que habíamos pensado utilizar para que el público analizara o practicara. Julio dio cuenta de diez jugadores (uno de ellos recicló un tablero, contra el criterio de la organización, que pensaba que Granda ya estaba haciendo demasiado esfuerzo; pero lo achacaremos a una mal entendida pasión por jugar con un Gran Maestro) con aparente facilidad, pero era visible que la procesión iba por dentro. Cuando el último jugador abandonó, una gran ovación coronó no la gesta, sino el gesto de Julio Granda.

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Grande Granda

Todavía tuvo Julio a bien satisfacer todas las demandas de autógrafos y fotos; y no dejó de agradecer los muchos mensajes de cariño y admiración que, durante la cena y la despedida del día siguiente, los mejores aficionados le hicieron llegar. ¡Esperamos tenerle muy pronto de vuelta por Málaga, Maestro!

Los asistentes fueron obsequiados con ejemplares de la magnífica revista Capakhine

Los asistentes fueron obsequiados con ejemplares de la magnífica revista Capakhine