Hola amigos y amigas del tablero. Hoy queremos abordar una cuestión que nos parece fundamental y que ya podréis adivinar al leer el titular de esta publicación. La propuesta que os vamos a mostrar a continuación no solo está destinada a profesores o monitores noveles, sino que consideramos puede servirle a cualquier profesional de la enseñanza del ajedrez.

Imaginemos nuestro primer día de clase. Bien: llegamos, nos presentamos y los chicos y chicas hacen también lo propio (“…me llamo X y vengo a clases de ajedrez porque…”). Entonces lanzamos la siguiente pregunta:

¿Quién sabe jugar al ajedrez? 
Si el grupo es impar, adelante, a jugar mientras anotamos en la pizarra.

Si el grupo es impar, adelante, a jugar.

“Perfecto”, les decimos. Seguramente haya algunos alumnos (o muchos) que no sepan jugar. Mejor. Así tendrá mucho más sentido esta dinámica que os proponemos, ya veréis por qué. Cuando ya todos han levantado (o no) la mano, sacamos los tableros, sacamos las piezas y les decimos que pueden jugar.

Es realmente impresionante que todos juegan sin excepción. Los que saben, en principio, jugar, y aquellos que no, se sumergen en un mundo de fantasía lúdica donde las piezas y el tablero permiten una relación de auténtico juego, sin exclusiones.

Nosotros, como monitores, tendremos a mano una pizarra o un cartel grande. Mientras los chicos están jugando, siempre se produce la misma situación. Y es que irán hablando entre ellos. Algunos, los que saben, tratarán de corregir y enseñarle a los otros que tal o cual movimiento no es válido (…”eh, eh,…que el peón no se mueve así”, o “…así no, el caballo hace una L, pero es más larga…”) y, por otra parte, surgirán discusiones extraordinarias. Nos referimos a discusiones en el sentido más constructivo y didáctico del término. Porque se abrirán debates del tipo: “…que sí que se puede, mira…es así”, “…ah, vale, vale…”, “…la torre mueve todo lo que quiera…”.

Como testigos silenciosos de este clima de fantasía donde, insistimos, todos juegan sin excepción (haced la prueba y lo comprobaréis), nosotros iremos anotando las interpelaciones y las frases textuales que oigamos. Al lado de estas oraciones (que anotaremos en la pizarra entre comillas) pondremos el nombre del niño o niña en cuestión. Así podemos mantener este ambiente de camaradería el tiempo que estimemos conveniente. Quince o veinte minutos es una buena aproximación, pero se puede sostener el juego todo lo que uno quiera, en función de lo que percibamos.

Llegado el momento de la pausa, se les pedirá a todos que miren la pizarra y se les irá preguntando a cada uno de ellos por qué dijo lo que vamos leyendo, entre todos, en voz alta. Las risas están garantizadas y, lo mejor, es que el chico se acordará perfectamente por qué dijo lo que dijo y lo explicará delante del grupo sin ningún pudor. Alguien que lee lo que ha expresado y que sabe que tiene argumentos para defender su postura o acción, no sentirá ninguna vergüenza a la hora de verbalizar sus razones, expresará con naturalidad su criterio.

Así hacemos con cada una de las frases anotadas. Os garantizamos que será un ejercicio muy divertido porque todos explicarán con todo tipo de detalles lo que les sucedía en el tablero.

Todos los chicos y chicas participan del juego

Todos los chicos y chicas participan del juego

He aquí que, una vez terminemos la relación de frases y explicaciones en público, daremos un giro a la dinámica y preguntaremos a cada uno de los alumnos lo siguiente:

¿Puedes decirme a qué acabas de jugar? 

Es importante ir preguntándolo uno por uno, sin olvidar a ningún chico. El 100% de los chicos responderá, invariablemente, que han jugado al ajedrez.

Bien, pues en este punto nos volvemos a la pizarra, borramos las frases, y escribimos grande y claro: “NADIE HA JUGADO AL AJEDREZ”.

¿Sabéis por qué?, les preguntamos. Y acto seguido, sin todavía darles una respuesta a la pregunta retórica que acabamos de hacerles, les proponemos en la pizarra un nuevo juego: “La palabra escondida”. En España este juego se conoce como “el ahorcado”, pero por cuestiones obvias es recomendable la primera definición que damos u otra similar: “La palabra escondida”. Habrán jugado miles de veces, pero por si acaso lo explicamos. Consiste en dibujar unos guiones que se corresponden con el nº de letras de la palabra “secreta”. Los chicos deben ir, por turnos, adivinando las vocales y consonantes que se esconden en el enigma. Si aciertan escribimos la letra acertada en el lugar-guión correcto. Si fallan podemos ir dibujando una figura o bien apuntando el número de fallos, da igual, lo interesante es que acierten (y siempre lo harán). En nuestro caso dibujaremos seis guiones.

ReglasNuestra palabra secreta dará sentido a toda la sesión y es muy fácil adivinarla: REGLAS

Reglas 2

En este momento, con el enigma resuelto, se les explica que ninguno ha jugado al ajedrez porque, como en cualquier otro juego, faltaban por establecer previamente las REGLAS. A partir de que conozcamos estas reglas, podremos ir aprendiendo a jugar al ajedrez. Si no conocemos las REGLAS, estamos jugando con un tablero de ajedrez y con unas piezas de ajedrez, sí, pero no estamos jugando al ajedrez.

Mediante un procedimiento como el que hemos explicado más arriba se consiguen algunos beneficios muy evidentes desde un enfoque eminentemente didáctico:

  • Los chicos están jugando desde el primer día y en pocos minutos. Nos parece fundamental que el primer contacto con el ajedrez sea un contacto rápido y divertido. No podemos estar media hora contándoles lo que haremos durante el año, los chicos tienen que jugar. ¿Se imaginan a estos mismos chicos en su primera clase de baloncesto o de tenis? Nadie pondría en duda que desde ese primer día los alumnos habrán jugado y habrán tocado balón o raqueta. Pues con el ajedrez debe pasar lo mismo.

 

  • Las REGLAS nacen por necesidad, no por imposición. Son los propios alumnos los que reconocen la importancia de las REGLAS como elemento necesario para poder jugar a alguna cosa que sea igual para los dos bandos, el blanco y el negro. Esto trae consigo una consecuencia extraordinaria:  cuando surjan nuevos conceptos y algún niño pueda preguntar por la justificación de estos, por ejemplo, ¿por qué en el enroque el rey mueve dos casillas?, la respuesta “…porque es una REGLA del ajedrez” será asumida por todos como algo indiscutible, como una condición más para que se pueda dar el juego. Le quitamos al concepto REGLAS el significado tiránico e imperativo de la palabra.

 

  • Los chicos verbalizan desde los primeros momentos y además lo hacen en público, delante de unos compañeros que acaban de conocer. Este vínculo de grupo que se propicia ayuda a que mantengan una relación muy comunicativa durante todo el curso o taller.

Todo lo descrito anteriormente nace de una idea del maestro Azuaga y, conforme a la experiencia que él mismo cuenta, “funciona” en todos los casos en los que lo ha llevado a cabo. Tanto es así que los alumnos suelen recordar el primer día clase incluso en la despedida del año.

Esteban Jaureguízar, experto mundial en ajedrez y pedagogía, además de vicepresidente de la Federación Uruguaya de Ajedrez, escuchó con interés (en boca de Azuaga) esta propuesta didáctica, hace algo así como un año. Jaureguízar ha divulgado desde entonces, y por diversos lugares de Latinoamérica, esta “sugerencia para el primer día del monitor”. Las experiencias han sido también muy positivas. ¡Prueben en vuestros grupos de alumnos y contad cómo os fue la dinámica!